De doctores, ébola y humanismo.

A esta hora debe estar llegando a Senegal, uno de los países africanos muy vulnerables a la epidemia del Ebola. Irá a atender pacientes enfermos, la mayoría víctimas de infecciones, y para hacer más peligrosa su estadía, las condiciones de higiene pública abonan a la posibilidad de un contagio, de cualquier contagio.

¿Qué puede mover a una persona a aceptar una invitación del Cuerpo de Paz de Estados Unidos para que done sus servicios de cirujía general en un país donde el Ebola merodea amenazante sus fronteras?
Es algo así amigo lector, como pasar de la tranquilidad y la seguridad de su hogar, a estar en una villa africana donde las infecciones permean y es altísimo el riesgo de que una persona contagiada con Ebola atraviese la frontera.

Sin embargo, la doctora Melissa Grafals Pérez no es ajena a curar enfermos en lugares donde la muerte acosa a los vivos. Ya la ha visto, la ha escuchado y sabe cuán insoportable es su hedor. El Haití del cólera y del
terremoto, Mozambique, Sudáfrica, Lesoto, Zimbabwe, Botswana e India son algunos de los países donde esta doctora misionera ha brindado sus servicios de curación del cuerpo, y de paso, de sanación del alma.

Esta vez, reconoce que enfrenta un nuevo enemigo pero dice que igual tendrá a su lado al mismo aliado de siempre: Dios. “Muchas personas me dijeron que no fuera. Decían ‘pero por qué usted lo tiene que hacer, que vayan otros, que el Gobierno mande a sus militares. Usted está poniendo en riesgo su vida’. Yo lo único que puedo decir es que estoy cumpliendo con un llamado del Señor”, me explicó sentada en una amplia butaca de madera de la Iglesia Adventista Litheda.

Minutos antes de acceder gentílmente a mi entrevista, Melissa estaba en el púlpito ofreciendo el sermón sabatino. Es costumbre en la Iglesia Litheda que una vez finalizado el sermón, el pastor o el invitado(a) despida a los feligreses, y así hizo la doctora en cirugía. Ya al tercer saludo, noté que la inmensa mayoría de las personas estaban llorando o sollozando mientras esperaban en fila para saludar y despedirse.

Reflexioné ante lo que mis ojos veían; ¿Será que ellos consideran que la joven doctora iba rumbo a una muerte segura?, o tal vez las lágrimas reflejan un temor comprensible a lo desconocido. “Yo siento que el Señor está conmigo y sé que las oraciones de estos amigos, van a ser contestadas”, aseguró.
“Para uno aceptar una encomienda así, no debe tener miedo, ¿Cierto?”, le pregunté. Su respuesta, en un tono apacible pero seguro, fue en la afirmativa. “Eso es así, pero aunque la gente no lo crea, sí tengo miedo, me da miedo… pero cada vez que tengo temor oro, oro de rodilla y deposito ese miedo en el Señor y al ponerlo en sus manos no puedo tener dudas Felipe”.

Quizás ustedes piensen como yo que Melissa es una puertorriqueña admirable, no solo porque viajó a Senegal para curar enfermos, principalmente niños y mujeres, sino por la solidez de su fe. Hay otra razón, sin embargo, para admirarla. Esta cirujana decidió dedicar su vida a realizar misiones humanitarias y no abrir un consultorio privado que le permitiese beneficiarse económicamente dada su especialidad.
“Nunca he visto mi profesión como un proceso de lucro. No entiendo cómo la medicina puede ser tan costosa, cuando la realidad es que la vida de las personas tiene un valor incalculable. Jamás me he enriquecido, monetariamente, pero sí en bendiciones, que son muchas”, insistió.

Así que allá está, de voluntaria en Senegal, país que la Organización Mundial de la Salud declaró hace dos semanas que está libre de Ebola. La realidad es que esa nación, cuya costa también baña nuestro Océano Atlántico, es un lugar muy vulnerable a los llamados casos importados de Ebola, pues tiene como vecinos inmediatos a los tres países considerados focos del mortal virus: Guinea, Liberia y Sierra Leona.

No obstante, como salvar vidas implica vencer la muerte, Melissa tiene experiencia en esas encrucijadas. Sabe que la disciplina en la higiene allanará el camino de regreso a casa, pero igual dependerá de la ayuda de otros, como le ocurrió en noviembre del 2010 en Haití, cuando un brote de cólera desató el pánico y algo más.
Los haitianos recurrieron a la violencia para canalizar su molestia debido a que la epidemia tuvo su origen en la acción negligente de una brigada de soldados de Nepal que arrojó desechos humanos en el Río Artibonito.

En Cabo Haitiano, donde precisamente Melissa trabajaba como misionera, grupos armados recorrían las calles buscando extranjeros para lincharlos. Siendo de piel incuestionablemente más clara que la del haitiano común, la doctora era una víctima en potencia. Por fortuna, varios desconocidos le salvaron la vida al esconderla en un sótano hasta que culminaran las ejecuciones.
“Solamente tomaba agua y cuando uno de ellos lograba salir, en medio de la balacera, porque la situación era muy terrible, pues me traían un plato de comida, si acaso una vez al día”, relató.
Ese evento de violencia desatada por el cólera le costó la vida a 45 personas, muchas de ellas
extranjeros.

“Acepté esto porque Dios me lo indicó, pero no sé cuándo regresaré”, puntualizó al retomar el tema del Ebola. Le expresé mi interés en realizar una entrevista más detallada una vez regrese de Senegal, pero su respuesta fue precedida por una sonrisa. “A mí me gusta caminar por ahí, inadvertida. !Si es que soy una puertorriqueña del montón!, y no me gustaría que la gente me viera diferente. Ya veremos”, insistió entre risas.

Ya veremos, sí. Aquí estaremos, pensándola y esperándola.

pd: la foto muestra el momento en el cual Melissa y sus padres se saludaron luego del sermón.

Univisión no vio la escritura en la pared

Algo hemos hecho bien a lo largo de nuestro quehacer profesional que motiva tantas expresiones de ánimo, solidaridad y de motivación a seguir adelante. Reciban de nuestra parte un gracias inmensamente sincero y una promesa de que seguiremos ejerciendo nuestro profesionalismo desde otros frentes, igualmente motivados por el compromiso de comunicar la verdad. Recordemos que ya éramos periodistas cuando Univisión llegó a Puerto Rico.

Dicho eso, ahora una aclaración. El cierre lo engendró y alimentó quien fue incompetente en la toma de decisiones administrativas, en la implantación de estrategias y en la obcecada visión de creer que Puerto Rico era parte continental del mercado estadounidense y no un mercado singular con características diferentes, que requerían acciones diferentes.

El éxito inicial fue producto de la novedad, y en lugar de utilizarlo como catapulta para afianzar un estilo innovador, en un mercado diferente, las anteojeras de la matriz los hizo alucinar con la idea de que en Puerto Rico se podía cuadrar un círculo. Vana estrategia corporativa.

Sí, muchos televidentes la abrazaron hechizados por telenovelas y certámenes musicales que parecían mutar en contenido, pero al sumar y restar, no había manera de sobrevivir con esa oferta en un mercado como este. No vieron la escritura en la pared, o quizás sí la vieron pero tal vez siendo la meta lo que hoy nos sacude, bien aplicaron el legendario refrán: el fin justifica los medios.

Reconozco que Univisión hizo justicia salarial a muchos empleados, y sirvió de puente para que  varios artistas locales se afianzaran en el mercado estadounidense, pero fueron sus decisiones de estrategia de programación, la no inversión en recursos para Noticias, más sus inexactas designaciones de directores, lo que nos condenó al cierre. Y miren que se les dijo… por eso es que indigna tanto, porque aparte del cierre de un taller de trabajo es una guillotinada al pueblo mismo que ahora tendrá una opción menos para informarse de los sucesos y decisiones que afectan su diariovivir.

Quedan los buenos recuerdos y la esperanza de que cada uno se reposicione lo más pronto posible. Más que lo que ustedes veían en pantalla, estas fotos dan fe de la grandeza humana y profesional de mis compañeros.

pd: escrito el 18 de octubre del 2014

Miss Isaac

¿Recuerdas a esa maestra o maestro que hizo la diferencia en tu vida? Seguro hay varios, pero entre esos siempre sobresale uno que llevas, cual hiedra en la pared, aferrado a tu memoria y a tu corazón.
Hace más o menos 10 años recibí una postal de felicitación por mis logros en el Periodismo, firmada por Miss Isaac, mi maestra de Español en la escuela superior Albert Einstein de Barrio Obrero. No sabía que la admiración era mutua y tuve a bien llamarla por teléfono para agradecerle y conversar unos minutos.
Eso fue en las buenas. Ahora, en las malas, me informa una amiga en común que Miss Isaac estaba muy preocupada por mí y claro está, muy dolida por los despidos hechos por Univisión. En esta ocasión decidí visitarla en su humilde casita ubicada frente a los condominios Bahía.
No faltó, para variar, un regañito, esta vez por esperar bajo una sombrita a que ella abriera su portón de metal. “Ya tu estás prieto así que no busques sombra”, bromeó.
Nos abrazamos con la fuerza que da la sinceridad y la admiración, pero creo que yo apreté un poco más movido por el agradecimiento. Ella se sentó en su mecedora y yo en el sofá . Nos separaba una viejo tocadisco, de esos que hasta podías ponerle un ocho track y discos de 33 y 48 rpm.
Su rostro tenía más años sí, pero mis ojos lo que veían era a aquella maestra de cuarto año tan disciplinada, de gran carácter y con un arte encantador para enseñar. ¿Su memoria? Ufff… Imaginen que cuando le pregunté si se recordaba de aquella clase, me dijo: “tú te sentabas en la fila del medio, en el quinto asiento”. Pensé que bromeaba y cuando dije “nah”, me lanzó aquella mirada de seriedad que tantas veces sembró el silencio en nuestro salón.
Entonces se me ocurrió recitarle el famoso monólogo de Segismundo, de la obra “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca.

¡Ay mísero de mí, ¡ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
Ya que me tratais así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
Pues el delito mayor
del hombre es haber nacido…”.

Y mientras continuaba mi recital, ambos sonreímos cuales cómplices de aquel proyecto de obras literarias que para mí fue un deleite, aunque para muchos compañeros de clase fue algo así como un calvario. Aquella tarea de recitar y analizar el monólogo de Segismundo define perfectamente por qué tengo a Miss Isaac en tan alto sitial.
Ella sembró en mí la semilla del amor, la pasión y la defensa de mi idioma español. Mi agradecimiento es inagotable y las veces que doy charlas, siempre destaco el ejemplo de esta verdadera educadora.

Siempre maestra, tan acertiva como nunca, tan educadora como siempre. Esa es Miss Isaac. La misma que al despedirme me deseó lo mejor, y yo al escucharla le dije “lo mejor es esto, haberte visitado”.
Vamos, !anímate! Tu maestra te espera.