9 + 2 no es 11

Se acercó con un aire de timidez y curiosidad. Silente. Su carita decía sí, pero no. Había un poco de magia en el ambiente del centro comercial pues apenas comenzaba la temporada navideña en Puerto Rico, que dicho sea de paso, es la de mayor duración en el mundo. Mi potencial amigo le sonrió al rostro adulto que seguro le parecía familiar. Con tantas neuronas esperando llenarse de información, no es de extrañar que un pequeñín se recuerde de uno.

Cuando voy a preguntarle su nombre, para formalizar así la nueva amistad, aparece otro rostro con la fisonomía indiscutible que te da eso que se llama ser gemelos. “Espera, espera, estoy viendo doble”, comenté sonriendo. “¡Somos hermanos!”, rápido dijeron, como aclarándome que no estaba mal de la vista.

Y cuando voy a preguntar sus nombres, se une otro niño con cierto parecido físico que me hace mirar a los gemelos para verificar si eran familia. Los gemelos sonríen y asienten con sus rostros. “¿Tres?”, pregunté. “Somos más”, me dijo el recién llegado. Cuando voy a preguntarle su nombre, llegan dos niños más.

Cinco hermanos es un número poco común en estos tiempos, pero tampoco algo fuera de este mundo, así que como ya tenía ante mí una chica, le pregunté su nombre pero solo pude decir “¿Cómo tu te…?”, cuando veo dos niños más, indudablemente parecidos al resto. Mi rostro dibujo una mirada de intriga y mientras oteaba sus caras, llegó un tercer pequeñín. Seguro que ya usted dedujo que esos tres recién llegados eran hermanos de los otros cinco.

Ocho hermanos es un número mucho menos común en estos tiempos. Cinco varones y tres hembras, todos entre los cuatro y 14 años. Yo estaba maravillado y, hay que reconocerlo, totalmente intrigado sobre quiénes serían los autores de tamaño familión. “Y… ustedes viven con…?”, pregunté al batallón infantil. “Con mami y papi”, casi corearon.  Mis ojos los buscaron como quien rastrea a un desaparecido cuando vi dos rostros a medio sonreir que se acercaban nosotros. Él de andar pausado, ella más pausado todavía en su andar pero porque cargaba en sus brazos a una niña.

Para tener nueve hijos, ambos padres lucían admirablemente jóvenes, especialmente ella que fue quien cargó en su vientre los nueve hijos, y los parió. Yo estaba entre maravillado y patidifuso. Claro que no les pregunté por qué nueve hijos, pero sí indagué cómo ha sido el proceso de criarlos en el siglo de la tecnología, de la decadencia familiar, del individualismo y del debilitamiento de los valores. “No ha sido fácil, claro que no, pero nos ha ido muy bien. Son buenos niños, buenos hijos, educados, obedientes”, expresaron con cierto orgullo y mucha humildad.

Tenían razón. La primera impresión siempre cuenta, y en este caso inmediatamente noté que estaba conversando con niños afables y de buenos modales. “Permítanme decirle que es admirable lo que ustedes están haciendo, como padres y como familia. Son un gran ejemplo. Un ejemplo que justo ahora en Navidad tiene mayor importancia”, les dije como preámbulo a mi próxima pregunta. La respuesta fue no. ¿La pregunta?, que si accedían a que realizara un vídeo reportaje familiar cuyo tema sería el logro de mantener sólida y unida una familia tan grande, en tiempos tan difíciles social y económicamente. Unas cuantas veces intenté obtener un sí, y cada vez  hubo un no acompañado de una sonrisa tímida y a veces de una pausa, quizás un titubeo. Uno sabe cuándo recoger velas.

Este intercambio se dio entre sonrisas y buen humor. Lo más que pude obtener fue una foto, a solicitud de los niños, y sus nombres:
Carlosmanuel, Juanpablo, Pedrojosé, Daniel, Juandiego, David, Mariaisabel, Rebeca y Mónica. De papá y mamá, me reservaré sus identidades, así como el nombre del sureño pueblo donde viven. A dos semanas de este encuentro, todavía revolotean tantas preguntas: “¿Cómo es la experiencia con la escuela?, ¿Cómo batallan para alimentarlos? ¿Cómo es un día en la vida familiar? ¡Navidades!, ¿Cómo se organizan y sobreviven a una temporada tan visualmente consumerista?, ¿Cómo zanjan las disputas e imponen disciplina?

Quizás en otra ocasión. Aproveché entonces para chocar manos con la prole y agradecerle a los padres por esos minutos de calidad de vida, irónicamente disfrutados en el pasillo de un lugar donde se pasea el materialismo. Mientras se alejaban, pensé en números; nueve mas dos no es once. Es familia.

 

 

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