Huggy

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Cuando muere tu mascota, sientes un vacío inmenso en tu ser, una pesadez en la cabeza producto del deseo de llorar, sientes pena, dolor y de momento te das cuenta como que tu casa también se siente vacía y silenciosa.

Luego tu mente comienza a repasar los momentos felices, las proezas, las ocurrencias, las veces que colmó la copa de tu paciencia, las veces que se enfermó, las veces que ladraba dormido, cuando se conformó con lamer un pote de mantequilla de maní mientras los pillos robaban en la casa, las veces que miraba hacia el otro lado cuando el gato del vecino lo desafiaba, las veces que te pedía agua, cuando se cansaba de estar en su cama y quería que todos se levantaran (supongo que su consigna era “¡vamos, que hay un día que merece ser vivido”!), las veces que se refugiaba entre nuestros pies cada vez que tronaba, su amor platónico con una almohada pequeña, su GPS obsoleto que nos deleitaba cuando le escondíamos alguna golosina y medíamos el tiempo que tardaba en encontrarla, o cuando se acomodaba debajo del árbol de Navidad, buscando la suavidad de la manta y el calor de las luces…

También cuando, con sigilo y cautela, salía a explorar los alrededores y cuando terminaba, regresaba con un aire de vigilante que acababa de asegurarse que todo estaba bajo control; las veces que lo veía regresar le decíamos, “Y qué Huggy, ¿Ya regresaste de salvar el mundo”?

Si tienes una mascota dedica tiempo a observarla. Aunque siempre se alimentó de comida seca para perros, Huggy tenía buen gusto para las salsas que preparábamos en casa. Si pasaba media hora y la comida seguía en su plato, era su mejor señal de desaprobación. Claro que en 13 años, hubo ocasiones especiales donde un buen hueso con residuos de carne terminaba en su plato.

A mí me encantaba verlo comer, pues considero que el asunto de los cromosomas es fascinante. Huggy por ejemplo, se acercaba a su plato -que estaba a unas cuatro pulgadas de altura- y procedía a mover su hocico como si estuviese enterrando la comida. Igual hacía en su cama con los granos que allí depositaba y hasta en el piso. Por más que le decía que perdía su tiempo, este repetía su rutina una y otra vez.

Huggy nos dio 13 fabulosos años de afecto y lealtad. Pocas personas valorizan tanto las cualidades como los sentimientos de sus mascotas. ¿Se portó mal y lo castigaste fuertemente mostrándole tu enojo? Seguro que cuando regresaste a casa, ahí estaba moviendo su cola como un péndulo y recibiéndote como siempre, contento, dando brinquitos y vueltas, en una versión combinada de 50 First Dates y Groundhog Day. 

Mucha personas dicen que su mascota “es parte de la familia”, pero eso se queda en vanagloria si no te sensibilizas, si no suavizas tu rudeza humana, si no asumes literalmente la responsabilidad de cuidar y amar.

Han pasado unas horas desde que Huggy se me fue y he encontrado consuelo escribiendo sobre la fortuna de tenerlo durante tantos años, pero igual no puedo evitar pensar que pude haberle demostrado con mayor frecuencia lo mucho que lo amaba y lo importante que era en nuestras vidas. La realidad es que esos pensamientos nos invaden al enfrentar la pérdida de un ser verdaderamente amado.

Hoy, cuando lo llevaba a toda prisa hacia la clínica, lo veía agonizando. Ambos perdimos esa carrera contra el reloj y la muerte. Yo perdí mucho más, aunque mi hija sabiamente me consoló al decirme que Huggy tuvo la fortuna de ser amado, contrario a miles de animales. En esos minutos finales de desesperación en la carretera, puse mi mano en su nariz para que supiera que papá estaba a su lado… siempre estuve a su lado.

Mi relato es un camuflaje a mi frustración, pero mi propósito es lograr que reflexiones sobre como tu tratas a tu mascota, o a los animales a tu alrededor, si es que no tienes la dicha de tener una mascota. Mi dolorosa experiencia me permite aconsejarte que devuelvas con amor su afecto y lealtad, pues siempre, siempre, hay un poco más para dar.